viernes, 23 de febrero de 2018

"Un hombre de ley", de Roberto Bardini (Ed. Resistencia, México. Col., Código Negro)

Roberto Bardini nos entrega una nueva novela para no perdérsela y disfrutarla a largos tragos de bourbon, "Un hombre de ley".

http://www.elazogue.com/existen-los-paraisos/


EXISTEN LOS PARAÍSOS¿EXISTEN LOS PARAÍSOS? MILTON PRETENDIÓ SABER MUCHO DEL ASUNTO CUANDO ESCRIBIÓ “EL PARAÍSO PERDIDO”, Y NOS DEJÓ CLARITO QUE CUANDO EL PARAÍSO DEJA E SERLO, SE NOS ECHA ENCIMA EL INFIERNO. ESTO, A GRANDES RASGOS, ES LO QUE VIENE A CONTARNOS EN SU SEGUNDA NOVELA PUBLICADA, “UN HOMBRE DE LEY” ED. RESISTENCIA, MÉXICO, COL. CÓDIGO NEGRO, 2017), EL AUTOR, ROBERTO BARDINI.

domingo, 7 de enero de 2018

Paciencia



—Todos los inviernos acaban algún día —dijo mirando el mar por la ventana del refugio.
La tarde de Navidad se hacía insoportable de viento helado y llovizna, las olas subían y bajaban a lo lejos como un carrusel.
—Tres meses aún, por lo menos tres meses.
—Qué os pasa, disfrutad el momento —dijo Paco el Realista, porque era de la Real Sociedad—. En tres meses estaremos fuera. Para cuando emerja medio descompuesto, ya no nos encuentran.

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Ingrediente de Navidad



El emperador ha engordado. Desde que los ingleses no le permiten montar a caballo, por fastidiar, se ha hecho construir una especie de montura de madera sobre la que imagina que cabalga. Más allá, el mar rompe contra los acantilados, cuajados de casacas rojas escrutando el horizonte por si acaso, de la isla de Santa Elena.
Bonaparte suele volver a su palacete prisión de Longwood House cuando el atardecer estrella sus últimos rayos contra el Atlántico. Va escoltado por el pelotón de cangrejos armados que son su sombra.
Esa tarde de Navidad austral de 1821 el emperador cena con sus verdugos más conspicuos: el gobernador Hudson Lowe y el conde Charles de Montholon, cancerbero alimentado por el rencor del nuevo monarca Louis XVIII. Al terminar la comida, el emperador se muestra inquieto, quejoso, insatisfecho. Sus hipócritas carceleros, invitados como cuervos al festín interminable de su extinción, se interesan por su malestar con un extraño brillo en los ojos. Él les sostiene la mirada y les dice:
—No es nada. Sólo decidle a mi cocinero que la próxima vez no olvide vuestro arsénico. Ya me había acostumbrado.

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Cenas


La cena se va a quemar pero prefiero seguir cabalgándolo unos minutos más. Su cabello se mueve a cada una de mis sacudidas arriba y abajo, la cama cruje, sudamos en pleno diciembre y no hay más calefacción que el calor que escapa de nuestros poros. Las campanadas de Año Nuevo están a punto de resonar más allá de la lluvia. El agua azota la plaza como un terrible oleaje horizontal, el viento desprende la nieve de la tarde que empieza a derretirse. A través de la ventana veo a alguien tras un contenedor de basura, el pelo empapado, la cara sucia de agua, los ojos entrecerrados por el viento, parece no importarle el agua helada, la noche helada, su soledad helada. Es un hombre, se mueve de rodillas, en cuclillas. Se agita, y parece que se ocupa de algo pesado en el suelo. Consigue distraerme del final de mi cabalgada, él nota algo extraño, quizás una menor presión de mis muslos, y empuja hacia arriba intentando mantener un choque que se iba enlenteciendo. El hombre de la noche parece que mastica, me apena pensar que coma desperdicios en nochevieja. El hombre del frío levanta algo detrás el contenedor, se lo lleva a la boca, lo desgarra con los dientes, o con las encías, es algo grande, después mastica y los restos caen pesadamente al suelo. El hombre bajo mi peso también se agita y mordisquea mis manos, chupa mis dedos, lame mis palmas, respira hondo, se estremece, empuja algunas veces más y se queda quieto con los ojos cerrados. Tras la ventana el hombre de la nieve, aquel ser de lluvia helada, lame la sangre de unas palmas amarillentas, roe unos dedos en carne viva, muerde un antebrazo. Mi cena se ha quemado, el humo acre inunda la habitación, no comeremos. El hombre de la soledad helada come, no escucha las campanadas de medianoche, absorto en su festín.

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Final de nivola



En su "Historia Universal de la infamia" Borges no nos revela que Dickens se guardó un as en la manga en su cuento, más bien nouvelle -¿acaso unamuniana nivola?-, titulado "A Christmas Carol", que se ha solido traducir como "Canción de Navidad" o "Cuento de Navidad".
No nos dice Borges que cuando Scrooge recibe al primer espíritu de las navidades, el avaro le sacude con que no le interesa viajar ni al pasado ni al futuro, mucho menos de la mano de ridículos espíritus alcahuetes y metomentodo, y que el presente es suyo, así que mejor que se ahorrasen la visita sus fantasmales compañeros. Ni desvela tampoco esa mitad ciega de Bustos Domecq, que Scrooge añadió, riendo jactancioso y borde, que en todo caso quedaría complacido sólo por conocer las navidades que nunca celebraría, y ninguna otra:
—No me interesa recordar las navidades pasadas ni conocer las futuras, así que mejor que tus compañeros no vengan. En cuanto a las presentes, mi triunfo es evidente, soy rico y malvado, ¿qué mejor adorno en estos tiempos y en este Londres neblinoso de putas, borrachos, asesinos, vagos, garitos y nobles envilecidos?
No cuenta tampoco Borges que Dickens hace aparecer entonces un arma en la habitación, una tosca pistola Bunney de avancarga de finales del XVIII. La pistola está cargada y amartillada, se encuentra sobre la mesa y Scrogge no sabe cómo ha aparecido allí. Borges, púdico o tramposo como solía, tampoco revela que Scrogge duda sobre si emplearla contra el fantasma (tiene a mano un potente hornillo a gas donde podría fundir en forma de bala salvífica una corona de plata, la misma moneda que se había ahorrado al no pagarle el día de Navidad a su empleado Bob Cratchit), o contra sí mismo.
Sí sabemos, por posterior referencia bibliográfica de George Gissing (que la Enciclopedia Británica recupera en su versión de finales del XIX), que aquel viejo artilugio de chispa fue en todo caso disparado, casi con seguridad en dirección suicida, y que se hizo una buena humareda en la habitación del usurero.
Dickens, en su "Oliver Twist", en una reseña, más bien un cameo previo que ya anunciaba la aludida "A Christmas Carol" y que luego suprimió antes de darla a la imprenta de Richard Bentley, se refiere, burlón, a que entonces, tras arrebatar a Scrooge su miserable existencia, el humo de aquella arma se transfiguró en el espíritu de las navidades que ya nunca habría de celebrar el malvado Scrooge, precisamente las que él le aventuró al fatasma, con sobrada chulería, aplomo y jactancia, querer conocer. Lo supo Gissing, y así lo escribió en su artículo que la Enciclopedia recogió, porque, aunque nadie oyó el disparo, la humareda permaneció en la estancia varias semanas, incluso a pesar de que intentó ser ventilada -sin éxito- por los herederos que pusieron en alquiler la casa, y el hecho se comentó bastante incluso en la Corte de la reina Victoria. Al parecer, la calle se negaba a dejar que ese hálito inmundo enturbiara la nieve y el aire helado de diciembre.

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El título



La nieve ya había cubierto el parque alrededor del palacete de Abney Hall, condado de Cheshire. Los bosques circundantes y el mismo parque, no obstante, aún mostraban manchas dispersas de un verdor ya apagado, triste, húmedo, el propio de la zona de Cheadle en esa época. Ella contemplaba el paisaje desde la cocina.
Aquella mañana de Navidad, Agatha Christie se había empeñado en cocinar en persona el pudding de chocolate y cerezas que serviría en la cena a sus anfitriones, su cuñado Sir James Watt y familia.
El ama de llaves entró en la pieza con un telegrama en la mano. Mistress Christie desprendió la envoltura y leyó que unos remotos conocidos de cuando su estancia en Oriente Medio, ahora residentes en Ciudad de El Cabo, se autoinvitaban a pasar unos días en Abney Hall adonde llegarían en pocas horas procedentes de Londres en el tren de Stratford-upon-Avon. La escritora desaprobó encogiendo la nariz, el cottage palaciego no era su casa, y esa pareja insoportable y parlanchina y sus hijos maleducados no iban a aguarle las navidades y, menos, el trabajo, andaba obsesionada con una historia ambientada, como algunas otras, en los parques y aposentos de Abney Hall y necesitaba concentración para hilvanar la compleja historia que estaba entretejiendo. Para colmo, no encontraba la suficiente inspiración para dar con el título adecuado.
Miss Christie observó el pudding que se traía entre manos, una especie de bola brownie achatada por el polo sur sobre la que, justo antes de la cena, derramaría crema de vainilla derretida y adornaría con algunas bayas y hojas de muérdago. Se acercó al armario semioculto cerrado con llave, lo abrió, protegió sus dedos con un paño de cocina, cogió el saquito de tela a cuadros negros y ámbar y, como último condimento, espolvoreó por encima su contenido. Con la jeringa de decorar escribió encima del dulce “A mis amigos de El Cabo”.
Casi de manera inmediata le acudió a la cabeza el título para la nueva novela que le atormentaba: “Navidades trágicas”.
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