miércoles, 4 de julio de 2018

Sesenta lucas

SESENTA LUCAS

Nadie lo puso en mis manos, lo vi en la pantalla de una tableta que alguno de los chicos se había dejado en el vestuario. A mi edad, viste... yo ya no podría, pero lo necesitaba tanto... Tomé notas en un papel y me lo llevé a la cancha. No iba a hablarlo con el flaco Esneider, el míster era un repelotudo de las remilputas, no bancaba su cara como de estar chupando mate amargo toda la jornada, así que busqué al pibe Aguirre, era nuevo, aún me respetaba las canas y lo había sorprendido leyendo un rato en la banca cuando los demás ya se habían ido a casa.
            Se lo dije de pronto, pibe, che, ¿vos leés, verdad? Pero sí, abuelo, contestó, qué se le ofrece, ¿alguna recomendación?
            Le mostré las notas pero no entendió. Le expliqué que en la tableta vi un concurso de cuentos en España y que quería participar, y que cómo lo veía él. ¿De veras, viejo, vos creés en los concursos? Son truchos, al menos la mayoría. Ya hay ganador y suplente antes de convocarlos, intereses de editoriales, de patrocinadores, qué sé yo. Y además, si es en España no vas a pasar el corte si metés lunfardo.


            Insistí con el pibe, aquellos gallegos lo organizaban el concurso, si no copié mal, sobre historias de fútbol, y si se trataba de chamuyarles algo sobre eso, de eso yo sabía, era aún un grosso, fui un grosso antes de quedarme de utillero, porque aun ahora los veo a todos ustedes, le dije, los observo, adivino quién va a llegar lejos y quién no. Pero me falta el tema, pibe, y la gramática, y ahí quizás vos me podés ayudar, porque no es por falta de ideas, sino por lo contrario, no sabría cómo apurar una página sin meterme en galpones ajenos, sin centrarme en el tiro a puerta.
            Las luces del vestuario parpadearon, siempre pasaba cuando estaban por apagarlas, a este equipo de jóvenes de recuarta nos dejaban entrenar en la Bombonera un rato, dos veces en semana, antes del anochecer para no tener que encender las luces y así no gastar en nadie. Le dije que lo convidaba a unas ensaimadas en un boliche que estaba a unas cuadras de allí, hacia el Riachuelo, el Bar de Filiberto, al final de la Boca, por Magallanes y Caminito, un retiro de viejas glorias como yo que nunca lo fueron. El pibe Aguirre se lo pensaba, y al final dijo que bueno, pero que fuera a choripanes.
            En el antro había un par de computadoras desocupadas y en el televisor ofrecían el encuentro de la albiceleste contra Francia, la pucha, a ver si ese día no nos jodían otra vez la ilusión. El pibe me invitó a sentarme delante de una computadora y le tuve que repetir lo del concurso, y después de un rato de mover el ratón y de putear por lo lento que iba aquello, dijo, silbó como en el cine, un silbo laaaargo. Papito, exclamó, al final voy a llevarte el apunte, viejo, merece la pena. Mirá, tres mil euros de premio, bueno, en realidad son dos mil si te levantás el primero y mil de consolación para el que quede segundo en la liga. Eso son sesenta lucas después de la última devaluación, viejo, yo que vos me pondría ya en el circuito, eso no lo ganás vos en dos días. Ni en medio año, Aguirrito, salté, ni en medio año, por eso es que te pedí una mano, y si me llevo la guita la mitad es para vos, qué me decís.
            El pibe Aguirre se pidió un milanesa. Ya teníamos media docena de Quilmes azules vacías alrededor, que le hicieron sitio a otra pareja mientras en nuestra cara podía apreciarse el rictus de la ambición y contábamos fajos de mangos con la cabeza. En la tele la albiceleste iba perdiendo, vimos en un palco a Maradona gesticulando fiero y una mina morocha pintada de rubia que en un momento le chupaba la lengua a Dieguito, la mano de Dios se la tapaba el estrado y no se vio qué pudiera estar haciendo con ella. Quedaban pocos minutos y perdíamos cuatro a dos, Francia era unos negros muy fuertes y habilidosos, y nosotros con la bronca de ver que se nos alejaba el parnaso. Al final el Kun acertó en la red por un pase de Messi, cuatro a tres, pero no dio tiempo luego al remonte. Al Pelusa se lo veía con más cara de nona pintada que nunca, no estaba curda o fumado como el otro día, sino más bien decepcionado y agarrado a la novia para irse, cuando Meza, con el tiempo vencido, falló la gloria y todos nos fuimos a casa a chorrear amargura. Nosotros sin cobrar tanto como ellos.
            Mi apartamento, en lo más antiguo de la Boca, Almirante Brown frente al Destacamento de la Federal y al puente de Avellaneda, transpira ruina. Rellenamos algunos papeles, bueno, los rellené yo y el pibe Aguirre los corrigió sorprendido. Mio nono, exclamó, esto no es tan malo, ve uno aquí al Negro Fontanarrosa, incluso a Horacio Convertini, pero los protagonistas son unos desubicados... Perdedores, le corregí yo. ¿Quién es El Berri?, quiso saber. Era mi hermano, un boludo medio retrasado que tenía de especialidad pegar berriazos a la bola para cualquier lado. Pero falta el final, nono, ¿cómo acabó? No sé si contarte..., es que un día que no tocó mucha bola confundió la cabeza de un contrario caído con la pelota. Desde entonces duerme en cana, pero ya recién sale. En cuanto ponga una gamba en la rúa es boleta, y lo sabe, la familia del finado lo espera para vengarse. Pues ponelo ahí, nono, dijo el pibe, escribilo, menuda historia tiene usted. Y me puse, terminé en un rato, lo titulé “Sesenta lucas”, cosa que al pibe no le gustó, pero que para mí lo decía todo.

lunes, 30 de abril de 2018

Se llama PAZ

Se llama "Paz", como los satélites rusos Mir (que significa paz en ruso) y por eso estará en manos del Ministerio de Defensa. Un país con más de 6.000 kilómetros de costa siempre tuvo en la Armada uno de sus principales medios de supervivencia para esquilmar América, llevar misioneros, pescar en todos los mares una vez destrozados los caladeros propios, llegar a Filipinas para que nos hundan los yanquis, enlazar Acapulco con Barcelona vía Buenos Aires y La Habana para llevar sobrantes en forma de emigrantes, etc. Ahora, dicen, todo esto se garantiza desde el cielo, y nos servirá para vigilar a países que se portan mal con nosotros como Marruecos, Venezuela, y paraasegurar nuestras tropas en África y otros sitios absurdos. Se llama Paz y nos coloca en la lista de los pocos países ricos que disponen de alcahuetes en la estratosfera, pero las pensiones no están aseguradas y el empleo sigue siendo estacional. No está mal tener Paz allá afuera, tampoco estaría mal tener Seguridad y más Bienestar social y más justicia aquí dentro.

viernes, 23 de febrero de 2018

"Un hombre de ley", de Roberto Bardini (Ed. Resistencia, México. Col., Código Negro)

Roberto Bardini nos entrega una nueva novela para no perdérsela y disfrutarla a largos tragos de bourbon, "Un hombre de ley".

http://www.elazogue.com/existen-los-paraisos/


EXISTEN LOS PARAÍSOS¿EXISTEN LOS PARAÍSOS? MILTON PRETENDIÓ SABER MUCHO DEL ASUNTO CUANDO ESCRIBIÓ “EL PARAÍSO PERDIDO”, Y NOS DEJÓ CLARITO QUE CUANDO EL PARAÍSO DEJA E SERLO, SE NOS ECHA ENCIMA EL INFIERNO. ESTO, A GRANDES RASGOS, ES LO QUE VIENE A CONTARNOS EN SU SEGUNDA NOVELA PUBLICADA, “UN HOMBRE DE LEY” ED. RESISTENCIA, MÉXICO, COL. CÓDIGO NEGRO, 2017), EL AUTOR, ROBERTO BARDINI.

domingo, 7 de enero de 2018

Paciencia



—Todos los inviernos acaban algún día —dijo mirando el mar por la ventana del refugio.
La tarde de Navidad se hacía insoportable de viento helado y llovizna, las olas subían y bajaban a lo lejos como un carrusel.
—Tres meses aún, por lo menos tres meses.
—Qué os pasa, disfrutad el momento —dijo Paco el Realista, porque era de la Real Sociedad—. En tres meses estaremos fuera. Para cuando emerja medio descompuesto, ya no nos encuentran.

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Ingrediente de Navidad



El emperador ha engordado. Desde que los ingleses no le permiten montar a caballo, por fastidiar, se ha hecho construir una especie de montura de madera sobre la que imagina que cabalga. Más allá, el mar rompe contra los acantilados, cuajados de casacas rojas escrutando el horizonte por si acaso, de la isla de Santa Elena.
Bonaparte suele volver a su palacete prisión de Longwood House cuando el atardecer estrella sus últimos rayos contra el Atlántico. Va escoltado por el pelotón de cangrejos armados que son su sombra.
Esa tarde de Navidad austral de 1821 el emperador cena con sus verdugos más conspicuos: el gobernador Hudson Lowe y el conde Charles de Montholon, cancerbero alimentado por el rencor del nuevo monarca Louis XVIII. Al terminar la comida, el emperador se muestra inquieto, quejoso, insatisfecho. Sus hipócritas carceleros, invitados como cuervos al festín interminable de su extinción, se interesan por su malestar con un extraño brillo en los ojos. Él les sostiene la mirada y les dice:
—No es nada. Sólo decidle a mi cocinero que la próxima vez no olvide vuestro arsénico. Ya me había acostumbrado.

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Cenas


La cena se va a quemar pero prefiero seguir cabalgándolo unos minutos más. Su cabello se mueve a cada una de mis sacudidas arriba y abajo, la cama cruje, sudamos en pleno diciembre y no hay más calefacción que el calor que escapa de nuestros poros. Las campanadas de Año Nuevo están a punto de resonar más allá de la lluvia. El agua azota la plaza como un terrible oleaje horizontal, el viento desprende la nieve de la tarde que empieza a derretirse. A través de la ventana veo a alguien tras un contenedor de basura, el pelo empapado, la cara sucia de agua, los ojos entrecerrados por el viento, parece no importarle el agua helada, la noche helada, su soledad helada. Es un hombre, se mueve de rodillas, en cuclillas. Se agita, y parece que se ocupa de algo pesado en el suelo. Consigue distraerme del final de mi cabalgada, él nota algo extraño, quizás una menor presión de mis muslos, y empuja hacia arriba intentando mantener un choque que se iba enlenteciendo. El hombre de la noche parece que mastica, me apena pensar que coma desperdicios en nochevieja. El hombre del frío levanta algo detrás el contenedor, se lo lleva a la boca, lo desgarra con los dientes, o con las encías, es algo grande, después mastica y los restos caen pesadamente al suelo. El hombre bajo mi peso también se agita y mordisquea mis manos, chupa mis dedos, lame mis palmas, respira hondo, se estremece, empuja algunas veces más y se queda quieto con los ojos cerrados. Tras la ventana el hombre de la nieve, aquel ser de lluvia helada, lame la sangre de unas palmas amarillentas, roe unos dedos en carne viva, muerde un antebrazo. Mi cena se ha quemado, el humo acre inunda la habitación, no comeremos. El hombre de la soledad helada come, no escucha las campanadas de medianoche, absorto en su festín.

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Final de nivola



En su "Historia Universal de la infamia" Borges no nos revela que Dickens se guardó un as en la manga en su cuento, más bien nouvelle -¿acaso unamuniana nivola?-, titulado "A Christmas Carol", que se ha solido traducir como "Canción de Navidad" o "Cuento de Navidad".
No nos dice Borges que cuando Scrooge recibe al primer espíritu de las navidades, el avaro le sacude con que no le interesa viajar ni al pasado ni al futuro, mucho menos de la mano de ridículos espíritus alcahuetes y metomentodo, y que el presente es suyo, así que mejor que se ahorrasen la visita sus fantasmales compañeros. Ni desvela tampoco esa mitad ciega de Bustos Domecq, que Scrooge añadió, riendo jactancioso y borde, que en todo caso quedaría complacido sólo por conocer las navidades que nunca celebraría, y ninguna otra:
—No me interesa recordar las navidades pasadas ni conocer las futuras, así que mejor que tus compañeros no vengan. En cuanto a las presentes, mi triunfo es evidente, soy rico y malvado, ¿qué mejor adorno en estos tiempos y en este Londres neblinoso de putas, borrachos, asesinos, vagos, garitos y nobles envilecidos?
No cuenta tampoco Borges que Dickens hace aparecer entonces un arma en la habitación, una tosca pistola Bunney de avancarga de finales del XVIII. La pistola está cargada y amartillada, se encuentra sobre la mesa y Scrogge no sabe cómo ha aparecido allí. Borges, púdico o tramposo como solía, tampoco revela que Scrogge duda sobre si emplearla contra el fantasma (tiene a mano un potente hornillo a gas donde podría fundir en forma de bala salvífica una corona de plata, la misma moneda que se había ahorrado al no pagarle el día de Navidad a su empleado Bob Cratchit), o contra sí mismo.
Sí sabemos, por posterior referencia bibliográfica de George Gissing (que la Enciclopedia Británica recupera en su versión de finales del XIX), que aquel viejo artilugio de chispa fue en todo caso disparado, casi con seguridad en dirección suicida, y que se hizo una buena humareda en la habitación del usurero.
Dickens, en su "Oliver Twist", en una reseña, más bien un cameo previo que ya anunciaba la aludida "A Christmas Carol" y que luego suprimió antes de darla a la imprenta de Richard Bentley, se refiere, burlón, a que entonces, tras arrebatar a Scrooge su miserable existencia, el humo de aquella arma se transfiguró en el espíritu de las navidades que ya nunca habría de celebrar el malvado Scrooge, precisamente las que él le aventuró al fatasma, con sobrada chulería, aplomo y jactancia, querer conocer. Lo supo Gissing, y así lo escribió en su artículo que la Enciclopedia recogió, porque, aunque nadie oyó el disparo, la humareda permaneció en la estancia varias semanas, incluso a pesar de que intentó ser ventilada -sin éxito- por los herederos que pusieron en alquiler la casa, y el hecho se comentó bastante incluso en la Corte de la reina Victoria. Al parecer, la calle se negaba a dejar que ese hálito inmundo enturbiara la nieve y el aire helado de diciembre.

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El título



La nieve ya había cubierto el parque alrededor del palacete de Abney Hall, condado de Cheshire. Los bosques circundantes y el mismo parque, no obstante, aún mostraban manchas dispersas de un verdor ya apagado, triste, húmedo, el propio de la zona de Cheadle en esa época. Ella contemplaba el paisaje desde la cocina.
Aquella mañana de Navidad, Agatha Christie se había empeñado en cocinar en persona el pudding de chocolate y cerezas que serviría en la cena a sus anfitriones, su cuñado Sir James Watt y familia.
El ama de llaves entró en la pieza con un telegrama en la mano. Mistress Christie desprendió la envoltura y leyó que unos remotos conocidos de cuando su estancia en Oriente Medio, ahora residentes en Ciudad de El Cabo, se autoinvitaban a pasar unos días en Abney Hall adonde llegarían en pocas horas procedentes de Londres en el tren de Stratford-upon-Avon. La escritora desaprobó encogiendo la nariz, el cottage palaciego no era su casa, y esa pareja insoportable y parlanchina y sus hijos maleducados no iban a aguarle las navidades y, menos, el trabajo, andaba obsesionada con una historia ambientada, como algunas otras, en los parques y aposentos de Abney Hall y necesitaba concentración para hilvanar la compleja historia que estaba entretejiendo. Para colmo, no encontraba la suficiente inspiración para dar con el título adecuado.
Miss Christie observó el pudding que se traía entre manos, una especie de bola brownie achatada por el polo sur sobre la que, justo antes de la cena, derramaría crema de vainilla derretida y adornaría con algunas bayas y hojas de muérdago. Se acercó al armario semioculto cerrado con llave, lo abrió, protegió sus dedos con un paño de cocina, cogió el saquito de tela a cuadros negros y ámbar y, como último condimento, espolvoreó por encima su contenido. Con la jeringa de decorar escribió encima del dulce “A mis amigos de El Cabo”.
Casi de manera inmediata le acudió a la cabeza el título para la nueva novela que le atormentaba: “Navidades trágicas”.
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