Hubiera preferido que cogieran vivo a Bin Laden, que lo hubieran detenido, leído sus derechos y haberlo juzgado (y espero que condenado) por un tribunal internacional ya que los crímenes perpetrados por su organización han tenido como escenario diversos países del mundo.
Pero el propio Bin Laden, estoy convencido, sabía que la guerra en la que estaba inmerso contra occidente podía acabar para él como ha acabado. En una operación de fuerzas especiales rara vez el terrorista sale vivo y, no lo olvidemos, la acción encaminada a su captura final no era sino una operación de guerra.
No vale ahora ensalzar la Justicia o ampararse en la democracia para exigir que sus captores hubieran arriesgado su vida y el éxito de la rapidez y la sorpresa de la acción bélica para salvaguardarle la suya. Imagino que, en estos asuntos, lo que se puede hacer se puede hacer, pero lo que no, pues no. Pasaron los tiempos cuando en los ejércitos se votaban a mano alzada las órdenes o existían comisarios políticos cuya opinión se sobreponía a la de los profesionales de la milicia; esto ocurrió en la guerra civil española en el bando del Frente Popular y ya sabemos cómo terminó aquello.
Los españoles hemos sido especialmente golpeados por el terrorismo y sufrido centenares de muertos por su causa, aunque no siempre nuestros gobiernos han sabido enfrentarse a esta lacra con eficacia: titubeos y complejos durante la Transición; guerra sucia (secuestro, torturas, asesinatos de Estado) durante el socialismo postmoderno de Felipe González; incipiente negociación y después mano dura policial, política, económica y judicial con el PP de José María Aznar; negociación y componendas disfrazadas de determinación bajo el socialismo redivivo radical y populista de Zapatero. Por eso, al lado de los norteamericanos y de la mayoría de los ciudadanos del mundo, nos sentimos aliviados por la desaparición (sea física o fuese cívica bajo detención y juicio) de Bin Laden, aunque algunos, quizás pocos, hubiéramos preferido su detención y juicio si hubiese sido posible.
Todo lo que se añada sobre la oportunidad de su muerte o de su ya descartada supervivencia supone lo que los historiadores llaman futuribles. Los hechos serán lo que tengan que ser y habrá que darles la respuesta que haya que darles:
1º Si hubieran enterrado el cuerpo de Bin Laden, su tumba sería lugar de peregrinación y estímulo de futuros terroristas.
2º Al echarlo al mar, no es descartable que algún multimillonario árabe lo busque, aunque su hallazgo sea casi imposible.
3º Si se le hubiera detenido, muchos rehenes occidentales y no occidentales caerían en manos de los terroristas con la exigencia de su intercambio, que, al ser imposible, habría provocado la muerte segura de los secuestrados.
4º Un juicio internacional (interminable) habría alimentado la sensación de victimismo del reo y del islamismo radical.
5º y así sucesivamente.
Por lo tanto, los hechos son los que han sido y las consecuencias serán las que hayan de ser y, como digo más arriba, esperemos que el mundo libre sea capaz de arrostrarlas con decisión.
Pero el propio Bin Laden, estoy convencido, sabía que la guerra en la que estaba inmerso contra occidente podía acabar para él como ha acabado. En una operación de fuerzas especiales rara vez el terrorista sale vivo y, no lo olvidemos, la acción encaminada a su captura final no era sino una operación de guerra.
No vale ahora ensalzar la Justicia o ampararse en la democracia para exigir que sus captores hubieran arriesgado su vida y el éxito de la rapidez y la sorpresa de la acción bélica para salvaguardarle la suya. Imagino que, en estos asuntos, lo que se puede hacer se puede hacer, pero lo que no, pues no. Pasaron los tiempos cuando en los ejércitos se votaban a mano alzada las órdenes o existían comisarios políticos cuya opinión se sobreponía a la de los profesionales de la milicia; esto ocurrió en la guerra civil española en el bando del Frente Popular y ya sabemos cómo terminó aquello.
Los españoles hemos sido especialmente golpeados por el terrorismo y sufrido centenares de muertos por su causa, aunque no siempre nuestros gobiernos han sabido enfrentarse a esta lacra con eficacia: titubeos y complejos durante la Transición; guerra sucia (secuestro, torturas, asesinatos de Estado) durante el socialismo postmoderno de Felipe González; incipiente negociación y después mano dura policial, política, económica y judicial con el PP de José María Aznar; negociación y componendas disfrazadas de determinación bajo el socialismo redivivo radical y populista de Zapatero. Por eso, al lado de los norteamericanos y de la mayoría de los ciudadanos del mundo, nos sentimos aliviados por la desaparición (sea física o fuese cívica bajo detención y juicio) de Bin Laden, aunque algunos, quizás pocos, hubiéramos preferido su detención y juicio si hubiese sido posible.
Todo lo que se añada sobre la oportunidad de su muerte o de su ya descartada supervivencia supone lo que los historiadores llaman futuribles. Los hechos serán lo que tengan que ser y habrá que darles la respuesta que haya que darles:
1º Si hubieran enterrado el cuerpo de Bin Laden, su tumba sería lugar de peregrinación y estímulo de futuros terroristas.
2º Al echarlo al mar, no es descartable que algún multimillonario árabe lo busque, aunque su hallazgo sea casi imposible.
3º Si se le hubiera detenido, muchos rehenes occidentales y no occidentales caerían en manos de los terroristas con la exigencia de su intercambio, que, al ser imposible, habría provocado la muerte segura de los secuestrados.
4º Un juicio internacional (interminable) habría alimentado la sensación de victimismo del reo y del islamismo radical.
5º y así sucesivamente.
Por lo tanto, los hechos son los que han sido y las consecuencias serán las que hayan de ser y, como digo más arriba, esperemos que el mundo libre sea capaz de arrostrarlas con decisión.
0 Y tú, ¿qué dices?:
Publicar un comentario en la entrada