En su artículo del hoy en el periódico El Día de Córdoba, el escritor y periodista Salvador Gutiérrez escribe de mi libro "Diccionario del habla cordobesa". Muchas gracias por sus cálidas palabras:

NO me cabe duda de que uno de los rasgos que más nos definen, a nosotros los cordobeses, a los bilbaínos, a los vallisoletanos o a los malagueños, da igual de donde seamos, es nuestra forma de hablar. Es una señal, un ADN sonoro que nos define, que nos muestra, que conforma nuestras más características peculiaridades. Idiosincrasia, tal vez. Identidad, con toda seguridad. De la misma manera que cuando viajo me encanta probar nuevos sabores, esos platos tradicionales, los vinos de la zona, los dulces más típicos, también saboreo con placer los nuevos acentos y tonos, las diferentes maneras de emplear las palabras, de articularlas, de pronunciarlas. Y disfruto especialmente con los usos que les damos a las palabras, cómo aquí pueden tener un significado absolutamente diferente al que le dan en Gijón, o cómo ese significado varía nuevamente por el tono empleado, por el lugar que escojamos para situarlas en un lugar u otro de una frase. Tenemos un país diverso y multicolor, un país de contrastes, en el que las palabras, su pronunciación, también forman parte de ese paisaje. Tal vez me ciegue el andalucismo, que tampoco es una ceguera tan mala puestos a elegir, pero si un "español" me seduce es el que interpretamos en nuestra Andalucía. Hemos ampliado con descaro las vocales, aquí no son sólo cinco, contamos con algunas más, como esas mezclas de "o" y "u" que realizamos, o la extraña fusión que llevamos a cabo entre la "a" y la "e" en multitud de palabras. Curiosamente, tal y como sucede en numerosos idiomas, los andaluces no hablamos como escribimos, sin que ello nos convierta en unos terroristas de la ortografía. Esta pronunciación diferente a la escritura es una evidente realidad, que yo entiendo como una seña de identidad y jamás como una falta, ya que, también curiosamente, los andaluces no somos tan propensos a caer en esos estridentes laísmos y leísmos de quienes, en teoría, más respetan el castellano o español. Un español que puede ser chispeante en Cádiz, profundo en Huelva, cadencioso en Granada o seudolevantino en Almería.
O el que nos caracteriza a los cordobeses, que para los que no son de aquí puede llegar a ser o parecer algo lento, pausado, casi lánguido, alicaído. Pero no sólo contamos con nuestra propia manera de "pronunciar" las palabras, no, más aún, es que a través de lo que bien podríamos definir como una evolución de esa pronunciación hemos construido nuestro propio vocabulario. Vocabulario que ha reunido, con esmero, paciencia y precisión, el escritor de Peñarroya Alberto Díaz-Villaseñor en el Diccionario del Habla Cordobesa, y que ha publicado la editorial Almuzara -que ya cuenta con una extensa colección de títulos sobre esta cuestión-. Un texto que recomiendo encarecidamente a todos los cordobeses y curiosos del lenguaje, ya que su lectura te adentra en las profundidades de nuestra tierra, en un sinfín de vocablos y expresiones que nos acompañan sin que les prestemos la atención debida. Les reconozco que me lo he pasado en grande leyendo el libro de Alberto, que gracias a él he recuperado/resucitado palabras que, sobre todo, en mi infancia me eran especialmente cercanas. Mucho más allá de los habituales "pego", "vargas" (que en realidad es una transformación de "valgas", Valdepeñas con gas) o "perol", que pueden entenderse como algunos de los términos cordobeses más prototípicos. En este diccionario he vuelto a recordar lo que es un pan "abogao", un "pero", que es una manzana -para quien no lo sepa a estas alturas-, un "esaborío", o lo que significa dejar algo "nique". ¿Le suenan todas estas palabras, verdad?
Díaz-Villaseñor ha buceado en el habla cordobesa en toda la provincia, y así ha recopilado las grandes diferencias que se pueden encontrar, por ejemplo, entre el Valle de los Pedroches y la Campiña Sur. Además, Alberto ha analizado los nombres más frecuentes entre los cordobeses y por décadas, algo que me ha parecido sencillamente fascinante ya que puedes observar cómo las modas, las tendencias del momento, se van imponiendo a la tradición, conforme avanzan los años. Y así, Rafaela, Antonia, Francisco, Manolo, Juan o Dolores han dejado paso a María, Cristina, Laura, Javier o al todopoderoso Alejandro, de rabiosa actualidad. En cuanto a los nombres, no es tal el imperio del "Rafael" entre los cordobeses como podríamos imaginar, y este libro lo demuestra con claridad. Por toda la información, por el tono divertido de algunas explicaciones, por lo que supone de conocimiento propio e íntimo, es de agradecer el libro que Alberto Díaz-Villaseñor nos ofrece y que yo les recomiendo muy sinceramente.

NO me cabe duda de que uno de los rasgos que más nos definen, a nosotros los cordobeses, a los bilbaínos, a los vallisoletanos o a los malagueños, da igual de donde seamos, es nuestra forma de hablar. Es una señal, un ADN sonoro que nos define, que nos muestra, que conforma nuestras más características peculiaridades. Idiosincrasia, tal vez. Identidad, con toda seguridad. De la misma manera que cuando viajo me encanta probar nuevos sabores, esos platos tradicionales, los vinos de la zona, los dulces más típicos, también saboreo con placer los nuevos acentos y tonos, las diferentes maneras de emplear las palabras, de articularlas, de pronunciarlas. Y disfruto especialmente con los usos que les damos a las palabras, cómo aquí pueden tener un significado absolutamente diferente al que le dan en Gijón, o cómo ese significado varía nuevamente por el tono empleado, por el lugar que escojamos para situarlas en un lugar u otro de una frase. Tenemos un país diverso y multicolor, un país de contrastes, en el que las palabras, su pronunciación, también forman parte de ese paisaje. Tal vez me ciegue el andalucismo, que tampoco es una ceguera tan mala puestos a elegir, pero si un "español" me seduce es el que interpretamos en nuestra Andalucía. Hemos ampliado con descaro las vocales, aquí no son sólo cinco, contamos con algunas más, como esas mezclas de "o" y "u" que realizamos, o la extraña fusión que llevamos a cabo entre la "a" y la "e" en multitud de palabras. Curiosamente, tal y como sucede en numerosos idiomas, los andaluces no hablamos como escribimos, sin que ello nos convierta en unos terroristas de la ortografía. Esta pronunciación diferente a la escritura es una evidente realidad, que yo entiendo como una seña de identidad y jamás como una falta, ya que, también curiosamente, los andaluces no somos tan propensos a caer en esos estridentes laísmos y leísmos de quienes, en teoría, más respetan el castellano o español. Un español que puede ser chispeante en Cádiz, profundo en Huelva, cadencioso en Granada o seudolevantino en Almería.
O el que nos caracteriza a los cordobeses, que para los que no son de aquí puede llegar a ser o parecer algo lento, pausado, casi lánguido, alicaído. Pero no sólo contamos con nuestra propia manera de "pronunciar" las palabras, no, más aún, es que a través de lo que bien podríamos definir como una evolución de esa pronunciación hemos construido nuestro propio vocabulario. Vocabulario que ha reunido, con esmero, paciencia y precisión, el escritor de Peñarroya Alberto Díaz-Villaseñor en el Diccionario del Habla Cordobesa, y que ha publicado la editorial Almuzara -que ya cuenta con una extensa colección de títulos sobre esta cuestión-. Un texto que recomiendo encarecidamente a todos los cordobeses y curiosos del lenguaje, ya que su lectura te adentra en las profundidades de nuestra tierra, en un sinfín de vocablos y expresiones que nos acompañan sin que les prestemos la atención debida. Les reconozco que me lo he pasado en grande leyendo el libro de Alberto, que gracias a él he recuperado/resucitado palabras que, sobre todo, en mi infancia me eran especialmente cercanas. Mucho más allá de los habituales "pego", "vargas" (que en realidad es una transformación de "valgas", Valdepeñas con gas) o "perol", que pueden entenderse como algunos de los términos cordobeses más prototípicos. En este diccionario he vuelto a recordar lo que es un pan "abogao", un "pero", que es una manzana -para quien no lo sepa a estas alturas-, un "esaborío", o lo que significa dejar algo "nique". ¿Le suenan todas estas palabras, verdad?
Díaz-Villaseñor ha buceado en el habla cordobesa en toda la provincia, y así ha recopilado las grandes diferencias que se pueden encontrar, por ejemplo, entre el Valle de los Pedroches y la Campiña Sur. Además, Alberto ha analizado los nombres más frecuentes entre los cordobeses y por décadas, algo que me ha parecido sencillamente fascinante ya que puedes observar cómo las modas, las tendencias del momento, se van imponiendo a la tradición, conforme avanzan los años. Y así, Rafaela, Antonia, Francisco, Manolo, Juan o Dolores han dejado paso a María, Cristina, Laura, Javier o al todopoderoso Alejandro, de rabiosa actualidad. En cuanto a los nombres, no es tal el imperio del "Rafael" entre los cordobeses como podríamos imaginar, y este libro lo demuestra con claridad. Por toda la información, por el tono divertido de algunas explicaciones, por lo que supone de conocimiento propio e íntimo, es de agradecer el libro que Alberto Díaz-Villaseñor nos ofrece y que yo les recomiendo muy sinceramente.

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