Puedo entender el carnaval de Venecia, con su ensoñado afán de ocultación y misterio. Puedo entender el derroche sensual del carnaval brasileño, donde el disfraz es la desnudez. Entiendo menos el carnaval canario, sosito de carrozas y alardes de castillos humanos bajo el peso de la figuración. Entiendo perfectamente el cachondeíto de las chirigotas gaditanas, su genio, su chispa, su arte. No entiendo en absoluto la afectada y aflamencada tristeza de las comparsas
con sus almibarados y empalagosos mensajes reivindicativos o melancólicos interpretados por gente vestida para la broma y el desafuero.
con sus almibarados y empalagosos mensajes reivindicativos o melancólicos interpretados por gente vestida para la broma y el desafuero.

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