viernes, 2 de marzo de 2012

El lago

Al viejo le dieron papeleta para el trullo y nunca más volvió. La palmó de presunto, en espera de juicio, y me lo dejó todo. Nunca creí que matara a la mucama, por qué iba a hacerlo si estaba enrollado con ella; y como el cuerpo del delito no aparecía sólo era cuestión de tiempo que lo soltaran. Pero la dobló, estiró la pata de un infarto en la celda, la espichó llamándola, curioso. Tomé posesión de su casa al borde del lago semanas después. Sus cosas, sus artesonados en madera que tanto me gustaban, su mecedora, la pesca. Fue una tarde, el lago despedía el vapor vespertino del otoño, mi barca se mecía en la quietud del silencio. El anzuelo tropezó con algo. Según dicen, el agua siempre devuelve los cadáveres.

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