¿Cómo se siente un autor viendo que su obra ha sido traducida en tantos países? (China, el último, si mi información es correcta…).
Siempre es una satisfacción ser traducido. Y despierta curiosidad que te traduzcan al chino, ediciones de las que, a lo sumo, podrás conocer sus portadas, pero nunca enterarte si lo escrito allí tiene mucho, algo o nada que ver con tu texto original. A menos que estudies chino, algo que no está en mis planes inmediatos.
¿Es cierto que “Tripulantes de un viejo bolero”, al fin editada en España, es desde siempre una de sus obras más queridas, tal vez la predilecta? De ser así, ¿qué la hace tan especial para usted?
Lo que un escritor siente por sus libros coincide poco y nada con la visión que los lectores tengan de ellos. Hay circunstancias personales, expectativas que como autor pones en determinados textos o derivaciones insospechadas para ti, una suerte de “revelaciones” que son la salsa de esta tarea, la de escribir novelas. “Tripulantes…” tuvo esos condimentos, tal vez porque la escribí en circunstancias particularmente difíciles de mi vida. Es un lugar común hablar de la relación entre literatura y psicología –de hecho, los psicólogos y particularmente los sicoanalistas son buenos escritores. Y si bien uno no escribe para analizarse –y leyendo algunos textos te das cuenta de que hay pocas esperanzas de cura en muchos de ellos-, determinados temas, situaciones que surgen en el desarrollo de algunas tramas, te llevan, sin proponértelo, a una introspección fecunda y, por tratarse de una “ficción”, inesperada.

“Tripulantes” es una novela que parece trascender el género negro. Más allá de la trama de intriga se podría decir que se trata de una historia de amor (o de desamor, según se mire)…
No te quepa duda que es una historia de amor. Y no es la única, por lo menos en mis novelas. Lo del género es más una clasificación de la crítica especializada que los editores hicieron suya para abonar su negocio. La literatura no puede despojarse de sus temas centrales –el amor, el poder y la muerte-, y el desamor es parte de lo mismo, el desenlace de toda pasión que haya valido la pena, el final que, aunque lo posterguemos, sabemos inevitable.
¿Qué representó como autor ganar el premio Hammett, tal vez el más reputado del género negro en lengua hispana, con “Ciudad Santa”?
Una enorme alegría, sobre todo porque se trata de un reconocimiento de tus pares y porque se otorga en el marco de una fiesta cultural que, a lo largo de su cuarto de siglo de existencia, ha explorado y celebrado las relaciones entre lo popular y lo literario, en todas sus manifestaciones. Me refiero, claro, a la Semana Negra de Gijón, cuya organización coordina Paco Ignacio Taibo y cuya existencia en Asturias está siendo ahora misma amenazada por la grosera mediocridad y miopía de los políticos que deberían defenderla.

Foto cedida por el autor
El momento editorial no parece especialmente proclive a la literatura de calidad, a una literatura como la suya. ¿Se ha perdido definitivamente la figura del editor que confiaba en la obra de un autor al margen de su rentabilidad económica?
No lo creo. Los hay, en España y en Argentina, y supongo que en otras regiones también. Son más de los que se supone, aunque es cierto que las políticas del capitalismo salvaje implementadas por estos días en España, y la incertidumbre que generan las nuevas tecnologías en su cuestionamiento a la edición tradicional, obligan a los editores a ser más precavidos que nunca. “Tripulantes de un viejo bolero”, por ejemplo, fue editada por primera vez en Argentina por un editor que confió en la novela, que la leyó y se entusiasmó con ella. No perdió plata, pero le llevó tiempo recuperarla y hacer alguna diferencia, y eso pone nervioso a cualquiera… empezando, claro, por el autor, que se va resignando a dejar de lado sus ambiciones de enriquecimiento personal.

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