martes, 18 de junio de 2013

Abogados en negro

En el caso Bretón, quien de verdad nos intriga a estas alturas de la tragedia es el abogado. Es una pena que casi esté a punto de publicarse la segunda entrega literaria del policía cordobés Benegas, a quien su autor, Francisco José Jurado, ha convertido en un clásico desde el primer título, porque el caso Bretón habría dado mucho juego esta vez. Resulta que de toda la panoplia humana del mundo judicial, quien es más digno de admiración o lástima siempre es el abogado. Un tipo --en términos generales-- que suele proceder de un estatus social alto-burgués y que anda siempre enlodándose la toga con las cunetas de la vida, como más o menos dijo alguien, debiendo estar sometido a internas tensiones que muchas veces asqueen a sus principios. Lidiando con jetas flagrantes, asesinos evidentes, defraudadores angustiados, y hasta con inocentes con mal fario --de hecho todos somos inocentes, ya se sabe--, al abogado le toca siempre bailar con la segunda más fea después de la que le toca al reo. Menos mal que al final cobra. Da la sensación en el caso Bretón, y en otros, que los defensores de lo que es evidente que está más que crudo se dedican con más fruición a trillar los resquicios legales, los defectos de forma, los plazos mal previstos, a desacreditar pruebas y a cosas por el estilo cuando el asunto es chungo, que a defender la inocencia; un triste y duro papel. Ahora que la novela negra remonta se echa de menos una prensa especializada en lo policial, periodistas que opinen sin complejos y que sigan los casos como antes. Los abogados son un filón.