miércoles, 27 de abril de 2016

Ánimo

Iba a hablar de Eduardo García, pero ¿para qué?, si ya lo ha dicho mucho mejor y mayor Joaquín Pérez Azaustre aquí mismo el domingo. También de Antonio Gala, pero ¿para qué?, si lo ha escrito ya, brillante, exacto y límpido Jesús Vigorra justo aquí ese mismo día. De Cervantes y del Inca Garcilaso de la Vega cuzqueño-montillano-cordobés tenemos igualmente a diario lo que los esclerotizados del idioma dirían "cumplida información", así que tampoco. Aunque sí, ¿por qué no? ¿Por qué no abundar en la figura de personajes que a algunos al menos nos han hecho muy felices o nos lo hacen ahora? ¿De qué manera podríamos animar, motivar, excitar la curiosidad de los lectores para que se acerquen a ellos, a sus obras? Siempre nos queda un extraño poso, una inexplicable amargura, provocada por la certeza de que se lee poco, por el convencimiento de que la lectura, como acaso otras artes, sufren de un injusto y tenaz sambenito de provocar tedio, de incitar al sueño más que al avivamiento de la mente. ¿De quién es la culpa? ¿De élites que siempre utilizaron el alfabeto y la cultura como método de autodiferenciación respecto del común? Malhaya ellos y su inabarcable responsabilidad. Esperemos que siempre sea tiempo y haya tiempo de cambiar esta visión, como decía en su verso Pablo Milanés, intentemos que todos, cada uno en su esfera, en su ámbito, propague a los cuatro vientos, a voz en grito, al viento y a las gentes, que leer es vivir dos veces, que mirar un cuadro o una fotografía es asomarse a otro destino, que ir al teatro, al cine, a exposiciones, es reencontrarse con el propio interior. Y que es divertido.

Ánimo ( Diario Córdoba - 26/04/2016 )

miércoles, 6 de abril de 2016

SIEMPRE HAY ALGUIEN A QUIEN MATAR - Guillermo Orsi

Demasiado tiempo después de lo que debiera, acabo de terminar “Siempre hay alguien a quien matar”, del argentino Guillermo Orsi. Un trampantojo al estilo del reflejo de los héroes clásicos en los espejos curvos de feria que dijera el otro gran maestro negro –sí, por supuesto, negro- don Ramón María del Valle Inclán. Una novela negra esperpéntica, si esperpento es, precisamente, la imagen virtual de nosotros mismos y de nuestras circunstancias lo que nos refleja el espejo curvo de la maestría narrativa del maestro Orsi, y, sí, eso es lo que es.
¿Novela negra, o de amor, o ambas cosas? Ambas, Orsi sólo escribe novelas de amor, en realidad de desamor, que es lo que en definitiva el amor es desde el momento en que se despega del ámbito propio; desamor propio que se convierte en amor ajeno hasta que de tanto querer apropiarnos de lo ajeno vuelve a tornarse en desamor. Y negra, claro, ¿qué relato bien hecho no lo es, no lo debe ser, al fin y al cabo?
Don Guillermo vuelve por sus fueros, no nos decepciona a sus fieles (¿cómo iba a hacerlo?, no sabe escribir peor, no sabe escribir mal, es incapaz de imaginar historias mediocres). Nos regocija con otro trío cervantino de personajes pa’ echarles de comer aparte, cada cual hijos de su padre y su madre, si se me permiten los dichos españolísimos que espero se entiendan más allá del Mar Tenebroso. Tres personas en una, como el Misterio de la Santísima Trinidad, o, mejor, cuatro con Orsi, como los Tres Mosqueteros, que eran cuatro aunque fueran tres, y dos o tres princesas fieramente humanas a fuer de diosas del Más Allá, cuatro también si contamos las personalidades suplantadas y los y las muertas que no lo están.
Una novela de amor que nos vuelve a meter en el pellejo de tipos y tipas de la mejor calaña, que siempre es la peor y viceversa. Una novela negra que es una movie road, y una road movie como todas las suyas (por cierto, ¿para cuándo esa película de Morena Films sobre la orsiniana “Ciudad Santa”, Premio Hammett de la Semana Negra de Gijón 2014?), en la que en algunos pasajes parece que va a aparecer Pablo Martelli Gotán, el policía de “Fantasmas del desierto” y alguna otra, o el Romano de “El árbol del Vaticano” con su caterva alucinada de muertos en vida, ya que el escenario de Los Médanos con su lluvia incesante es el Baires de la lluvia ácida del Vaticano vegetal. En fin.
No voy a terminar citando el bagaje libresco de Guillermo Orsi ni sus premios, que están todos en san Google y en las bitácoras nuestras de cada día y en las de los amigos, ni voy a entrar en análisis metalingüísticos, ni en críticas literarias impostadas con voz engolada, tampoco voy a reproducir aquí (como pensé en un principio) la veintena o la treintena de subrayados que he ido tejiendo sobre “Siempre hay alguien a quien matar” –catorce en las últimas veinte páginas-, entre los cuales he encontrado dos o tres frases que podrían haber sido títulos también de esta novela. No, os dejo en el suspense de por qué y cuáles esos subrayados, ya que de lo que se trata es de ir de cabeza a por esta novela de Orsi, o sea, ir a comprarla, coño, que los escritores escriben, entre otras cosas, para vender libros, además, claro está, de para ligar, para dar morcilla a los enemigos y a los envidiosos, para desahogarse, para echar fuera la buena y la mala leche, y, sobre todo, porque sí, porque gusta, y porque quieren; y no por esa cursilada que dicen que dijo García Márquez “para que me quieran”.

Vayan a los enlaces donde encontrar el libro, pídanlo en su librería o en línea, exíjanlo, amenacen con un arma o con una estilográfica al encargado, lo ha publicado la editorial argentina Revólver, y eso es lo que han de hacer, revolver Roma con Santiago y llevárselo a casa. Y enhorabuena a quienes lo lean y lo regalen, demostrarán un buen gusto literario. Quienes no, que lean a Larsson o a Murakami, en el pecado les irá la penitencia. Y mi eterna maldición.