martes, 19 de julio de 2016

Rajoymon GO

Es tremendamente fácil, y diabólico. Se trata de descubrir, pululando e incluso camuflados en un entorno real, parlamentarios que se avengan a votarte la investidura antes de que, por falta de ser lo suficientemente hábil en encontrarlos, te embistan y se acabe el juego. Se trata de un nuevo playdiotizante fabricado por una conocida empresa japonesa que exige, para disfrutarlo al máximo, tener un teléfono súper lo que sea de ultimísima generación con una cámara que, allí donde la enfoques, te va aumentando la realidad y así aparecen los parlamentarios babeando con el voto en su mano para entregártelo. O no, a lo mejor se trata de una realidad disminuida con tres citas electorales entre períodos latentes de cuatro meses cada uno, para jugar a la cual son necesarios un puro de última generación, unos principios perfectamente intercambiables, una batería de impuestos de retrovanguardia que castiguen a las sociedades empresariales generadoras de empleo y echar un vistazo a un diario deportivo entre soñarrera y soñarrera. El juego consiste en aburrir a los parlamentarios, desmotivar a la sociedad civil y económica, exasperar a las clases medias y trabajadoras y conseguir un premio en realidad aumentada que es un nuevo mandato dentro del móvil listillo de última imbecilidad para volverse a seguir durmiendo y hacer lo contrario de lo que se dijo. O tampoco, a lo mejor el nuevo juego satánico de la industria japonesa consiste simplemente en que millares de jóvenes occidentales anden con sus móviles de generación chiripitifláutica, perrofláutica o coletifláutica enfoncando aquí y allá para descubrir fantasmas entre los parques, calles y edificios, y con ello conseguir la conquista de las mentes y de nuevos espacios vitales para el imperio nipón, una vez conseguido el embobamiento generalizado de los blancos barrigas llenas. Esto sí que es una conspiranoia en toda regla, y no el ficticio golpe de estado de Turquía, que no creo que haya engañado a nadie. Dice María Kodama, viuda de Borges, que éste afirmaba creer en los extraterrestres porque están entre nosotros, él los vio (era ciego) y son los japoneses (María Kodama lo es, por cierto).

Rajoymon GO ( Diario Córdoba - 19/07/2016 )

miércoles, 13 de julio de 2016

La guerra civil

De todo lo publicado, leído y aprendido, se deduce que muchas fueron las causas de la guerra civil española (1936-1939). Sin duda, la principal se debía a una situación de polarización radical entre una gran masa de población que vivía con lo justo, si es que no se encontraba en una pobreza relativa o real, y una minoría terrateniente, muy rica, de modos caciquiles, apegada a sus privilegios. Digamos que ésas eran las materias que iban luego a arder. Sobre esos materiales había que arrojar, claro está, combustible, un combustible de mucho poder calorígeno y de rápida reacción: facciones políticas absolutamente radicalizadas y apoyadas respectivamente por el comunismo soviético y el nazi-fascismo germano-italiano con sus respectivos intereses de dominación a escala mundial; la inoperancia y desorientación de las democracias liberales; procesos larvados de independentismo de las colonias europeas; avidez de los EEUU de alzarse como gran potencia mundial; búsqueda y rapiña de las materias primas... Y, a escala nacional, no olvidemos otros tres factores muy importantes: una iglesia en su mayoría tridentina, súper ortodoxa y súper retrógrada, alineada con las élites económicas y sociales; una burguesía atomizada entre liberales ilustrados, masones, izquierdistas, liberales católicos y anticlericales, izquierdistas católicos y anticlericales; y trabajadores sindicados en un amplio espectro desde los monárquicos hasta los anarquistas. Además de otros dos agentes que no conviene despreciar: maestros y en general enseñantes de izquierda y de espíritu democrático e instituciones enseñantes religiosas tradicionalistas muy fuertes; y anarquistas que tenían como caldo de cultivo la extrema situación de necesidad de las gentes depauperadas del campo, sometidas secularmente a toda suerte de arbitrariedades, que contaban con una amplia trayectoria y experiencia revolucionaria desde principios del XX. Todo ello actuó para que España sirviera en gran medida como lugar de ensayo de lo que luego habría de venir a nivel europeo y mundial hasta el fin de la guerra fría en los años ochenta. Por ello nunca hablo, ni he hablado ni hablaré de buenos y malos en nuestra guerra, ni de otros maniqueísmos semejantes. En ella, y en aquella época, todos buscaban algo, algún interés; todos fueron siniestramente perversos y a veces generosos y humanos; todos obedecían a alguien o a algo, quizás los pobres, al principio, sólo a la necesidad de sobrevivir. Los únicos perdedores fueron los muertos y sus familias. Todos los muertos, todas las familias. Preparémonos un año más para que los hunos y los hotros nos digan -por estas fechas- lo malísimos que eran los contrarios. Y pertrechémonos contra los que repiten como papagayos sus consignas sin haber leído ni contrastado nada. No importa. Sólo sepamos que en estos días de julio de 1936 la cosa estaba lista, la mesa preparada para el descuartizamiento mutuo en el seno de una España invertebrada, desmembrada, compartimentada, injusta, radicalizada y convertida en un auténtico carajal de todos contra todos. Sólo faltaba un desencadenante. Y se produjo. Y luego fue utilizado por una facción y ninguneado en su valor histórico por la otra. Podía haber sido cualquier otra la espoleta, pero fue ésta:



http://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2016-07-12/pedro-fernandez-barbadillo-el-magnicidio-que-escondio-el-frente-popular-79514/

Y por ello, lo que es muy molesto es tener que aguantar año tras año, casi un siglo después, que unos y otros sigan utilizando en su beneficio una guerra que todos alentaron y que nadie quiso evitar ni dentro ni fuera. O a lo mejor sí, así de pronto me viene que el único lúcido que alertó de lo que iba a pasar fue precisamente Julián Besteiro, que llegó a presidente del Partido Socialista Obrero Español y del sindicato Unión General de Trabajadores. Llegó a decir a los suyos del Frente Popular "vais a meter a los españoles en una guerra y no estáis seguros de que la vais a ganar", al ver que su facción caía bajo la férula marxista estalinista y revolucionaria. Besteiro (el santo laico le llamaban), claro, fue apartado por los suyos, nunca creyó en que la República resistiría a los sublevados y a sus apoyos internacionales, siempre fue partidario de pactar una paz negociada, rehusó irse a Buenos Aires como embajador. Y al final de la guerra los vencedores lo condenaron a 30 años, murió en 1940 enfermo, en la cárcel, a pesar de las voces que se alzaron por su liberación, incluso por parte de algunos generales franquistas. Así fue, todos perdimos.