miércoles, 9 de noviembre de 2016

El viajero accidental

Algunos tienen una tendencia inexorable a hacer el ridículo. Un día ven al Mesías al mirarse al espejo y ya tó p’alante. O sea, que de pronto se creen alguien, y acaban en América. Le pasó a Zapatero cuando se le fue la olla y se quedó sentado al paso de los Marines en la Castellana, luego pretendió hacerse amigo de Bush pero solo recibió aquel famoso saludo tejano desde lejos, “hey, amigou, cómou estásss?”, y fuese y no hubo nada. Como venganza de que en las reuniones internacionales a Zapatero lo dejaban solo sentando en la mesa antes de las reuniones mientras los demás se divertían contándose cosas en inglés, francés, alemán o japonés, Zapatero, un ignaro de los idiomas y de casi todo, alimentaba en esos ratos de autoexclusión, su venganza: pensaba retirarse a contar nubes hasta que lo llamaran de Venezuela para arreglar el asunto y, de paso, reírse de él, como se rieron antes los Obama y todo el pueblo norteamericano cuando llevó a las niñas a la Casa Blanca vestidas de góticas y tuvo que rezar en no sé cuántas acciones de gracias y celebraciones religiosas tragando quina, quina norteamericana, que sabe a hamburguesa con cola. Caperucito en Nueva York, lo motejaron aquí con crueldad infantil. Pues lo mismo le está ocurriendo o le va a ocurrir a Pedro Sánchez, que ha descubierto las Américas como cuando el primer PSOE dijo haber descubierto la Guardia Civil, y la descubrió tanto que hasta un ministro encontró el escondite de la caja de los huérfanos del benemérito Cuerpo, y se la quedó. Ahora Sánchez anda a descubrir los Estados Unidos de América, pero hace tiempo que a aquello le pusieron el © y el ® la banca judía, Texaco, Monsanto y el imperio Trump. Yerra el tiro Caperucito II. Le hubiera sido más fácil tirar el carnet del PSOE y pedir el de Podemos, y así todos en casa. Pues no, hay gente que se empeña en vender el puente de Brooklyn, que no es suyo, al primero que quiere pasar sobre el proceloso East River. Se ha ido Sánchez a Washington a seguir la campaña norteamericana en vez de en casa desde la Sexta, y se ha reunido con Lagarde del FMI y gentes de Hillary, que, cuando se fue, dijeron “¿y quién era este?”

El viajero accidental ( Diario Córdoba - 08/11/2016 )

martes, 1 de noviembre de 2016

Veamos lo que vale un peine

Pronto vamos a ver lo que vale el peine de Rajoy y los respectivos peines de Albert Rivera y de..., bueno, y... de..., no sé, de quien mande en el PSOE. Tres peines que no van a tener nada que ver ni con el pacto por la Educación, ni con la regeneración democrática, ni con la lucha contra la corrupción, ni con todas esas grandes cuestiones que ahora todos dicen que van a vigilar con ceño inquisitorial y torquemadesco. No, el peine que vamos a comprobar si tiene dientes suficientes para hacernos ver hasta dónde están todos dispuestos a llegar, es el peine del viento de Levante. El Levante es un viento muy famoso y hasta simpático porque se lo ha apropiado el imaginario colectivo gaditano, una ciudad y provincia, Cádiz, que le cae muy bien a todo el mundo; pero yo no hablo de ese incordio que azota las playas y destroza las vacaciones de cualquiera, sino del Levante Levante, o sea, el temporal que nos llega desde donde nace el sol. Porque uno lee y no acaba, y no acaba porque ya uno suele dejar de leer cuando las tonterías que muestran las noticias pasan de la raya, o del meridiano en este caso, ya que el meridiano es una raya, una raya en el agua o en la tierra, pero una raya imaginaria que fue inventada para facilitar las cosas, menos en España, claro, donde el meridiano viene a complicarlas. Porque parece que existe la decisión autonómica o lo que sea (no leí el detalle porque ahí el punto de la tontería empezaba a ser gigantesco), en Baleares y en Valencia, de usar el tiralíneas con el fin de que allí rija otra hora, una hora más o menos, cualquiera sabe, lo que ellos quieran. Dicen que a ellos les amanece y les atardece antes; o sea, que desde los fenicios o más, los levantinos del sol naciente no se habían dado cuenta de que eso les resultaba molesto, y de que es ahora cuando ya es hora de otra hora. No cabe un tonto más, que no. Ese peine es el que a mí me va a indicar muchas cosas. Ése, y el de la demanda de una provincia para Cartagena --el cantonalismo ataca de nuevo ciento cincuenta años después--. Estos peines dejarán ver entre sus dientes el verdadero aire que respiran Rajoy, Rivera y... quien sea el otro.

Veamos lo que vale un peine ( Diario Córdoba - 01/11/2016 )