domingo, 19 de febrero de 2017

Soliloquio

Tiene todas las húmedas tormentas del mundo encerradas en unos ojos grises como nubes.
Esa tarde en la terraza se siente sola y se sienta sola. Como siempre. Camareros de mandil blanco ejecutan su danza de veladores como las bailarinas de otra tarde lejana en el teatro, junto a él. Cuando el amor todavía espantaba tormentas y nubes grises como sus ojos.
Pasan los minutos y al fin una camarera se acerca. Pide lo de siempre, un café con un chorrito de coñac y mucho azúcar tostado de caña, si puede ser. Que nunca puede ser.
Como cada día insiste en lo del azúcar de caña, el personal ya hace como que no la oye. A lo mejor es que realmente no la oye.
Apura el café y enrolla el sobrecito blanco de blanca azúcar. Copitos de nieve dura, fina, cristalina y dulce se derraman sobre su falda. Y sigue esperando. Otra tarde de verano en la que él no se presenta ante su mirada de otoño.
Al fondo del jardín una puerta se abre. Al fondo del jardín y de su recuerdo. Es él al fin. Ella aparta su mirada, no quiere engañarse, quisiera desengañarse, pero él se acerca y se asoma grande e imponente al velador que ella ocupa, el mismo en el que desde hace tanto espera una cita que quedó en soliloquio. Él se disculpa como si sólo se hubiera retrasado unos minutos y pide un helado de vainilla, fuma un cigarrillo, hablan para sí mismos evitando encontrarse en el medio camino de sus miradas.
Ella hace rato que terminó su café, él toma la última cucharada de ese helado fugaz que a ella se le hace interminable. Él se levanta y le coge la mano, la besa. A ella le parece que una lágrima roza su piel. Él observa distraído la punta de la colilla del cigarrillo y luego lo tira al suelo tira levantando un breve chisporroteo de lágrimas incandescentes. Se despide y se va, y ella no le dedica ni una sola mirada porque sabe que es la última vez. De perfil lo ve desaparecer por la entreabierta puerta del jardín.
Después ella pide la cuenta, el camarero le extiende la nota, un solo café que pagar, como cada tarde, como siempre. Ella protesta por la confusión, debe también un helado, un helado de vainilla. Se ofende, casi grita. Para acallar el revuelo deciden cobrarle un helado que nadie pidió. Luego se levanta, ligera y digna como el vuelo de las hojas en otoño, y mira la puerta del jardín entreabierta. Avanza unos pasos. Pisa con sus delicados zapatos de verano una colilla aún caliente.