domingo, 20 de agosto de 2017

Por fin esta tarde

POR FIN ESTA TARDE

Me vestí de tu risa porque entonces yo reía mi terror con tu risa. Ensayé capisayos y borlas, escarpines, cascabeles; me adorné con mentiras y escancié mi orgullo en cráteras de acíbar por saberte mi dogal. Amanecimos escarcha tras noches de lenguas agostadas, el fuego apagado entre las sábanas y rubíes como ojos. Me supe, me sabía veleta al soplo de tu soplo, giré adonde mirabas e imaginé tus pensamientos. Me vestí de tu risa por miedo de soledades y silencio, y por eso quise ruido, quise ventisca, quise sudor en la batalla, quise incendios, quise querer y dominio, y quise... no sé qué quise cuando cerraste la puerta y aullé en la ventana. Y hoy, de nuevo, me visto de otras risas, me visto desnudez, me quito capisayos y borlas, me lo quito todo, me descalzo de sandalias y me adorno de verdades tragándome el recuerdo de saberte mi olvido. Amanezco en la calle, en la calle que es de todos, en tarde de fiesta, bajo imposibles arcoíris de verano, sin ventisca ni escarcha ni incendio ni dominios, ni más demonios que la risa, esta vez mi risa, mi orgullo, mi tarde, mi fuego, mi soplo. No sé si mi aullido, no sé si nuestras risas, las de todos. Por fin esta tarde, la mía.

#AmoresDeVerano

sábado, 5 de agosto de 2017

Devolución

DEVOLUCIÓN

Al viejo le dieron la papela para el trullo y nunca más volvió. La palmó de presunto, en espera de juicio, y me lo dejó todo. Nunca creí que matara a la mucama, por qué iba a hacerlo si estaba enrollado con ella; y como el cuerpo del delito no aparecía, sólo era cuestión de tiempo que lo soltaran, aunque en la vista el fiscal se empeñó en aclarar que en este país te pueden empapelar sin pruebas, siempre que haya indicios razonables de criminalidad, creo que dijo. Pero al final el viejo la dobló, estiró la pata de un infarto en la celda, y la espichó llamándola (curioso).
Tomé posesión de su casa al borde de un suave acantilado semanas después. Sus cosas, los artesonados en madera que tanto me gustaban, su mecedora, la pesca. Fue una tarde, el mar quieto de la madrugada despedía bajo el pontón el vapor matutino del otoño, mi barca se mecía en la quietud del silencio sobre las rocas sumergidas. El anzuelo tropezó con algo. Según dicen, el mar siempre devuelve lo que no es suyo.

#UnMarDeHistorias

viernes, 4 de agosto de 2017

Manual de instrucciones

MANUAL DE INSTRUCCIONES

Llega la pareja y se instala a unos metros. Él gasta jeta de algo así como de intelectual, o al menos de tipo que va de interesante, gafas de sol de pasta, posiblemente de marca, pelo largo a lo Al Bano en sus buenos tiempos pero más ondulado. Sí, es él, no lo dudo, Lupiáñez Sosa, alias El lindo don Diego, alias Al Bano, de todas formas saco de mi mochila el correo electrónico y vuelvo a ver la foto, confirmo, la arrugo, la hago pedacitos y me la voy comiendo pasándolo con patatas fritas y una lata de cerveza. Facha interesante el fulano, si no fuera... no sé, hay algo..., las medidas. La distancia entre el filo de las perneras del bañador y las rodillas no es la adecuada. No soy un histérico en cuanto a trajes de baño, pero algo me chirría en ese encuadre, en esa matemática que debe ser precisa a la hora de mostrar más muslo sobre la articulación. Y, encima, el bañador es blanco, error, nadie en sus cabales se pone un bañador blanco, transparenta mucho y se ve la redecilla cuando se moja. Y el culo.
Está muy serio. Su pareja, bastante buen tipo, buenas curvas, se quita el top mientras le pasa la sombrilla, minúscula, para que se la clave donde pueda o sepa, la sombrilla. Vero Perea, alias Wanda la perversa, alias Yogur. Él mira la sombrilla con fastidio, le da la vuelta y se decide a la engorrosa tarea de sujetarla en la arena. Sopla viento fuerte, hay bandera amarilla, mar picado. Agarra la sombrilla y, con dificultad, consigue abrirla a sotavento, es decir, a favor de la dirección de la fuerte brisa, error, la sombrilla se le vuelve para atrás como un paraguas en tarde de tempestad. La mujer se levanta y le ayuda a enderezarla, el tío está corrido de ver que le observan, lo guay hubiera sido achicharrarse al sol en vicio solitario o en compañía de otros, esto es cosa de domingueros, de familia, no de un tipo con gafas de sol de pasta de marca, aunque ese bañador blanco, etcétera.
Entre los dos consiguen darle la vuelta al artilugio, error, porque a barlovento la cosa es peor, la brisa, digo, es fuerte, y al final las varillas no resisten y se dobla por un lado. La mujer se rinde y se va a enseñarle las tetas a Neptuno. Al Bano, ya puestos, y como si hay que ir se va, decide llegar hasta el final del trabajo hercúleo: así que ahora decide que es mejor empezar por cerrar la sombrilla, clava la otra parte del mástil y luego encaja el otro. Una vez en casi perfecta vertical, intenta abrirla: error, la brisa es fuerte, etcétera, y en el último y supremo esfuerzo, se abre de golpe y le da en la cara tirándole las gafas. El tipo las recoge rápido y se las coloca soplando en los cristales mientras intenta aguantar con la otra mano que no se le vuele.
Su pareja ya vuelve de que Poseidón la haya acariciado toda y de que la espuma le alivie el ardor del mediodía, mira el espectáculo en sus últimas secuencias, asiente sin que el público sepa por qué y le indica algo al Belmondo de playa. El chico, entonces, apabullado sin duda por la superioridad de la intuición femenina, pone la sombrilla en horizontal sobre la arena, sin clavarla ya, la abre de nuevo con dificultad por causa de la fuerte brisa de poniente, etcétera, y así la deja, horizontal y ligeramente en la arena, sobreelevada por la característica forma de su paraguas abierto. La sombrilla proyecta, literalmente, eso, sólo una sombrilla, una sombra exigua porque el sol se ha instalado en el cénit, de donde parece no querer apearse en las próximas horas. Entonces, error, levanta su toalla e intenta extenderla pero no da con la posición correcta, por lo que, una y otra vez, la toalla se vuelve contra él como el escupitajo que un marinero poco hábil lanzase por la borda del barco a barlovento. La toalla no obedece porque el tipo de las gafas de pasta, etcétera, y del bañador blanco, etcétera, desconoce absolutamente que, al menos en el hemisferio boreal, el viento suele soplar, cuando uno está en la playa, desde la posición en que se encuentra el sol, y más cuando hay poniente. El tipo desconoce si en el hemisferio austral el viento soplaría al revés, pero aquí la toalla se pone a ondear loca como una bandera.
Terminado el show, el respetable no se pone de pie a aplaudir explícitamente, pero la ovación resuena en todas las miradas.
Al tipo se le han caído las gafas de sol de pasta de marca sobre la arena y, con un gesto displicente pero decidido, las arroja al bolso que está sujetando de cualquier manera la precaria horizontalidad de la sombrilla contra el viento. Error, porque no acierta el enceste y las gafas vuelven a caer sobre la arena con esa vocación que poseen las gafas caras de romperse o rayarse, sobre todo si hace un viento de fuerza en kilopondios superior al peso en gramos del objeto lanzado. En ese momento, Vero, alias Wanda la perversa, alias Yogur, se cree en la obligación de tenderse encima de Lupiáñez Al Bano Sosa, pecho contra espalda, bocadillo entre la toalla indómita y las tetas puntiagudas que se desparraman a derecha e izquierda.
No me es preciso sacar la pipa con silenciador porque me lo han puesto a huevo, con un golpe seco les dejo la sombrilla instalada para siempre en una verticalidad envidiable, el trasto ese queda perfectamente erguido y sujeto atravesada entre sus intercostales mientras el palo apenas les deja esbozar un estertor como de ranas clavadas en un espeto malagueño. La gente huye en desbandada, lo que aprovecho para cerrar los ojos e intentar dormir.
Eso sí, por fin la toalla queda sujeta a la arena sin problema.

#UnMarDeHistorias

Torres gemelas

TORRES GEMELAS

Arranca la avioneta y despega enseguida. Oportunidades así no deben desperdiciarse, piensa, mientras mira por el retrovisor cómo se despliega en el arrastre la pancarta publicitaria, "Danubio Azul, tu puticlub en la costa". Porque pagan bien los capos del este por esa publicidad aérea dando pasadas a doscientos pies de altura, playa arriba playa abajo. Ronronea el monomotor, y no puede evitar que el regusto amargo de la última discusión y el adiós definitivo bajo su sombrilla la tarde anterior se le instale en algún lugar muy adentro. El mar estaba en calma y marrón como casi siempre.
Allá abajo los veraneantes se atorran bajo el sol, algunos niños saludan a la avioneta, la arena es una besana de cromo, un campo de champiñones de colores. El sol le deslumbra y se coloca sus Ray—Ban Welfare, entonces mira y distingue la sombrilla de ella en las coordenadas de siempre según el localizador de a bordo, pero es que además la reconocería entre un millón: amarilla con un círculo negro en la zona alta junto a la punta del mástil, como el puto culo de una avispa mostrándole su aguijón de mierda. Encima recochineo.
Cree verla allí, la reconoce; al fin y al cabo doscientos pies de altura no son tantos, y comprueba que al lado, muy junto a la rosa de ella, hay otra toalla azul, él típico color que eligen los gilipollas para las toallas.
—La tuya rosa, la mía azul, muñeca, jajaja, como si fuéramos niños —imagina la conversación.
—Si no fuera por esto que tú sabes que ya no es de tan niño, jijiji —lo imagina riendo, al muy imbécil, mientras se agarra el paquete.
A un par de metros de las dos toallas, la azul y la rosa, la de ella y la del memo, en dirección al agua, aprecia un par de torres de arena que algún crío habrá levantado con su cubo para hacer un castillito. Se ciega. Se acuerda de aquellos moros, los muy hijos de puta, cabrones asesinos, los del 11—S, los que enfilaron el avión contra las torres gemelas.
Con un par de huevos los moros. Y pone la mano en la palanca.

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Cena

CENA

El emperador ha engordado. Desde que los ingleses no le permiten montar a caballo, por fastidiar, se ha hecho construir una especie de montura de madera sobre la que imagina que cabalga. Más allá, el mar rompe contra los acantilados, cuajados de casacas rojas escrutando el horizonte por si acaso, de la isla de Santa Elena.
Bonaparte suele volver a su palacete prisión de Longwood House cuando el atardecer estrella sus últimos rayos contra el Atlántico. Va escoltado por el pelotón de cangrejos armados que son su sombra.
Esa tarde del otoño austral de 1821 el emperador cena con sus verdugos más conspicuos: el gobernador Hudson Lowe y el conde Charles de Montholon, cancerbero alimentado por el rencor del nuevo monarca Louis XVIII. Al terminar la comida, el emperador se muestra inquieto, quejoso, insatisfecho. Sus hipócritas carceleros, invitados como cuervos al festín interminable de su extinción, se interesan por su malestar con un extraño brillo en los ojos. Él les sostiene la mirada y les dice:

—No es nada. Sólo decidle a mi cocinero que la próxima vez no olvide vuestro arsénico. Ya me había acostumbrado.

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jueves, 3 de agosto de 2017

El final de los inviernos (relato)

EL FINAL DE LOS INVIERNOS

—Todos los inviernos acaban algún día —dijo mirando el mar por la ventana del refugio.
La tarde se hacía insoportable de viento helado y llovizna, las olas subían y bajaban a lo lejos como un carrusel.
—Tres meses aún, por lo menos.
     —Qué os pasa, disfrutad el momento —dijo Paco el Realista, porque era de la Real Sociedad—. En tres meses estaremos fuera. Para cuando esté medio descompuesto, ya no nos encuentran.

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