viernes, 4 de agosto de 2017

Manual de instrucciones

MANUAL DE INSTRUCCIONES

Llega la pareja y se instala a unos metros. Él gasta jeta de algo así como de intelectual, o al menos de tipo que va de interesante, gafas de sol de pasta, posiblemente de marca, pelo largo a lo Al Bano en sus buenos tiempos pero más ondulado. Sí, es él, no lo dudo, Lupiáñez Sosa, alias El lindo don Diego, alias Al Bano, de todas formas saco de mi mochila el correo electrónico y vuelvo a ver la foto, confirmo, la arrugo, la hago pedacitos y me la voy comiendo pasándolo con patatas fritas y una lata de cerveza. Facha interesante el fulano, si no fuera... no sé, hay algo..., las medidas. La distancia entre el filo de las perneras del bañador y las rodillas no es la adecuada. No soy un histérico en cuanto a trajes de baño, pero algo me chirría en ese encuadre, en esa matemática que debe ser precisa a la hora de mostrar más muslo sobre la articulación. Y, encima, el bañador es blanco, error, nadie en sus cabales se pone un bañador blanco, transparenta mucho y se ve la redecilla cuando se moja. Y el culo.
Está muy serio. Su pareja, bastante buen tipo, buenas curvas, se quita el top mientras le pasa la sombrilla, minúscula, para que se la clave donde pueda o sepa, la sombrilla. Vero Perea, alias Wanda la perversa, alias Yogur. Él mira la sombrilla con fastidio, le da la vuelta y se decide a la engorrosa tarea de sujetarla en la arena. Sopla viento fuerte, hay bandera amarilla, mar picado. Agarra la sombrilla y, con dificultad, consigue abrirla a sotavento, es decir, a favor de la dirección de la fuerte brisa, error, la sombrilla se le vuelve para atrás como un paraguas en tarde de tempestad. La mujer se levanta y le ayuda a enderezarla, el tío está corrido de ver que le observan, lo guay hubiera sido achicharrarse al sol en vicio solitario o en compañía de otros, esto es cosa de domingueros, de familia, no de un tipo con gafas de sol de pasta de marca, aunque ese bañador blanco, etcétera.
Entre los dos consiguen darle la vuelta al artilugio, error, porque a barlovento la cosa es peor, la brisa, digo, es fuerte, y al final las varillas no resisten y se dobla por un lado. La mujer se rinde y se va a enseñarle las tetas a Neptuno. Al Bano, ya puestos, y como si hay que ir se va, decide llegar hasta el final del trabajo hercúleo: así que ahora decide que es mejor empezar por cerrar la sombrilla, clava la otra parte del mástil y luego encaja el otro. Una vez en casi perfecta vertical, intenta abrirla: error, la brisa es fuerte, etcétera, y en el último y supremo esfuerzo, se abre de golpe y le da en la cara tirándole las gafas. El tipo las recoge rápido y se las coloca soplando en los cristales mientras intenta aguantar con la otra mano que no se le vuele.
Su pareja ya vuelve de que Poseidón la haya acariciado toda y de que la espuma le alivie el ardor del mediodía, mira el espectáculo en sus últimas secuencias, asiente sin que el público sepa por qué y le indica algo al Belmondo de playa. El chico, entonces, apabullado sin duda por la superioridad de la intuición femenina, pone la sombrilla en horizontal sobre la arena, sin clavarla ya, la abre de nuevo con dificultad por causa de la fuerte brisa de poniente, etcétera, y así la deja, horizontal y ligeramente en la arena, sobreelevada por la característica forma de su paraguas abierto. La sombrilla proyecta, literalmente, eso, sólo una sombrilla, una sombra exigua porque el sol se ha instalado en el cénit, de donde parece no querer apearse en las próximas horas. Entonces, error, levanta su toalla e intenta extenderla pero no da con la posición correcta, por lo que, una y otra vez, la toalla se vuelve contra él como el escupitajo que un marinero poco hábil lanzase por la borda del barco a barlovento. La toalla no obedece porque el tipo de las gafas de pasta, etcétera, y del bañador blanco, etcétera, desconoce absolutamente que, al menos en el hemisferio boreal, el viento suele soplar, cuando uno está en la playa, desde la posición en que se encuentra el sol, y más cuando hay poniente. El tipo desconoce si en el hemisferio austral el viento soplaría al revés, pero aquí la toalla se pone a ondear loca como una bandera.
Terminado el show, el respetable no se pone de pie a aplaudir explícitamente, pero la ovación resuena en todas las miradas.
Al tipo se le han caído las gafas de sol de pasta de marca sobre la arena y, con un gesto displicente pero decidido, las arroja al bolso que está sujetando de cualquier manera la precaria horizontalidad de la sombrilla contra el viento. Error, porque no acierta el enceste y las gafas vuelven a caer sobre la arena con esa vocación que poseen las gafas caras de romperse o rayarse, sobre todo si hace un viento de fuerza en kilopondios superior al peso en gramos del objeto lanzado. En ese momento, Vero, alias Wanda la perversa, alias Yogur, se cree en la obligación de tenderse encima de Lupiáñez Al Bano Sosa, pecho contra espalda, bocadillo entre la toalla indómita y las tetas puntiagudas que se desparraman a derecha e izquierda.
No me es preciso sacar la pipa con silenciador porque me lo han puesto a huevo, con un golpe seco les dejo la sombrilla instalada para siempre en una verticalidad envidiable, el trasto ese queda perfectamente erguido y sujeto atravesada entre sus intercostales mientras el palo apenas les deja esbozar un estertor como de ranas clavadas en un espeto malagueño. La gente huye en desbandada, lo que aprovecho para cerrar los ojos e intentar dormir.
Eso sí, por fin la toalla queda sujeta a la arena sin problema.

#UnMarDeHistorias

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